Después de un atareado día de trabajo, tomó sus patines, los que le ayudan a tomar los pedidos, y se fue, como de costumbre, con sus audífonos, a paso lento. El ruido constante de los vagones del metro y el cuchicheo de la gente no intervenían en su pensar y en el rutinario encuentro, que a él no le aburría, con esa imagen femenina, que divisaba a lo lejos, todas las noches..
A pesar de ser muy reservado, un jueves decidió contar su acostumbrada vivencia a Pedro, éste lo acompañó hasta el subterráneo, en donde se transportaban. Y después de un largo rato de intentos, no logró observar a aquella mujer.
Luego, sin ningún resultado de visión de todas las personas a las que llevó al metro, para observar lo que él veía siempre, se resignó a que estaba demente.
Hasta que algún miércoles de su vida, exactamente a las ocho con treinta pm. se encontró frente a frente con ésta fémina junto a la línea amarilla, que no hay que traspasar, en la estación. Y se dió cuenta de que sus pelos se ponían de punta al mirar tal expresión tan de ella.. Después de unos segundos de una mirada infinita observó a su alrededor y se dió cuenta de que todas las personas miraban a tal pareja llamativa. Y afirmó el que nunca estuvo loco, el que ella si era real.
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